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10 may. 2008

El sueño de Peterpan: comienza mi historia

Capitulo 1. Fruta Fresca

La infancia de Pedro transcurrió en el pequeño pueblo de Santa Ana de los caballeros, un pueblo muy antiguo lleno de viejas casas ancestrales ubicado en una de las montañas de la verde cordillera.

No había muchas complicaciones en la familia Rivera, que aunque pobre salía adelante con la ayuda mutua de la pareja y con la asignación temprana de tareas a los hijos que se hacían mayorcitos, en el cuidado de la casa y de los más pequeños, hacían mas llevadera la carga familiar.

Pedro y su hermano Javier que tenía un año más que él, no ponían muchos peros para cumplir con aquella responsabilidad. Ayudar era algo agradable para ellos.

Así transcurría la infancia de Pedro en medio de constantes juegos y riñas (más lo segundo que lo primero) con su hermano y el cuidado de los más pequeños, las clases de lenguaje, lectura, escritura y matemáticas que tanto le gustaban, hasta que al cumplir 8 años y tener uso de razón, sus padres iniciaron la preparación para que sus dos hijitos mayores pudieran hacer la primera comunión juntos -siempre todo en compañía, esta situación tan repetida le daba coraje, quería tener su propia individualidad, pero eso tenía que esperar-.

Las ideas del bien y del mal y su continua equiparación a los deseos de Dios y del
diablo, venían a cuento por boca de las enseñanzas del papá y la mamá extendidas por el adoctrinamiento religioso de su abuelos y las tías, especialmente de la abuela Julieta y de la tía Georgette, cuyas vidas transitaban entre la preparación y venta de empanadas y las actividades parroquiales que conllevaban a la asistencia diaria de la misa matinal y muchas veces con repetición de la misa vespertina. Allí era donde se adiestraban para luego adoctrinar a todos sus congéneres, tal como en otrora lo habían hecho con Libardo Antonio, el único varón heredero de la familia y con sus otras tres hijas mayores.

El sentido del pecado, culpa, temor de Dios, penitencia y absolución empezaron a hacer mella en la cabeza de Pedro desde esa época acentuándose aun más con las clases del catecismo del padre Astete, que pretendían una reconciliación con Dios y la promesa de la vida eterna a través del recibo de la santa comunión.

Todo estaba listo para que el ansiado día para los pequeños llegara con el premio de la benevolencia del Supremo, que sus padres premiarían con una fiesta infantil o en su defecto con un delicioso almuerzo, por lo general arroz con pollo y tarta, alguna paga por su parte o de los familiares e invitados a tan feliz acontecimiento, pero el diablo se interpuso antes en el camino.

Fue en una tarde de otoño. Pedro recientemente había cumplido 8 años. Su padre trabajaba y a veces la madre también. Muchas veces Pedro y Javier se quedaban solos en casa con sus hermanitos, sin contar los más pequeños que los dejaban en casa de la abuela materna que se llamaba Enriqueta, o de alguna de sus hijas que no eran pocas donde les proporcionaban a los sobrinos los cuidados necesarios, propios de la edad lactante. Ellas siempre eran generosas echándole una mano a su hermana con tanta prole en el mundo, que por esa época contaba ya con el hijo número 6 y no parecía que fuera a parar.

La casa que tenían en alquiler tenía un solar que compartían con sus dueños quienes vivían en la segunda planta y por lo tanto encontrarse con ellos en el patio era cosa muy común. Por eso a esas casas las llamaban mancomunidades.

Uno de los hijos del casero tenía entre 18 y 20 años. Se llamaba Rolando y era un hombre moreno, tiznado con las días de trabajo de sol a sol, fortachón, alto, guapo, de mirada recia y penetrante, cabello salvaje color azabache, pectorales perfectos y piernas de futbolista. Un adonis de pueblo.

Los niños sabían su nombre de tanto oírlo mencionar a sus familiares. Y casi siempre bajaba al solar y los saludaba animosamente. Tenía un afecto predispuesto hacia Pedro que le parecía un niño más dócil y tierno. A su parecer Javier era más de la calle y tosco.

Un día cualquiera en el que estando Pedro solo en el patio, Rolando bajó por la escalera del patio y cruzó hacia el fondo del solar donde había una huerta con hortalizas y árboles frutales. Giró hacia la parte mas escondida del lugar y al pasar cerca del imberbe niño le invitó a que le acompañase a coger frutos de uno de los árboles.

-Ven Pedrito ayúdame a coger mangos, se ven ricos y ya hay muchos que se están madurando- le dijo
Al niño la idea le pareció fenomenal.

- Claro, a mi me gusta subirme a los árboles y mirar el mundo desde allí.

- si. Ya te he visto, me gusta verte trepar a los árboles, aunque a mi padre no le gusta mucho. Cree que le vas a echar a perder la cosecha ja ja ja. Menos mal hoy no está, no hay nadie allá arriba en casa. Y en tu casa quien anda?

- Mi hermano está en la cocina preparando la comida.

- Y no hay nadie más? Tu mamá?

- No. mamá está trabajando y luego pasará a casa de la abuela Enriqueta a recoger los niños, vendrá más tarde -dijo Pedro


Pedro subió al árbol con la idea de tirar las frutas que estuvieran mas maduras. Rolando se quedó abajo para recibirlos. Así estuvieron un buen rato hasta que Rolando dijo que no tirara más porque iba a orinar y le invitó a bajar para que recogieran y comer un poco de la codiciada fruta.

Lo que vino después quedó redactado en las declaraciones ante el juzgado por la denuncia que interpuso María la madre de Pedro, al haber sorprendido in fraganti al mismo hijo del demonio y a su pequeño hijo en acción pecaminosa.

Aquel desgraciado día para María, su Pedro se escapó preso del miedo deambulando por las calles del pueblo sin ganas de volver a casa por temor a las represalias de su Papá. Cuando ya se hizo muy noche tuvo que volver ya que no tenía donde ir. Así que se resignó a recibir una paliza por lo que había hecho.

Cuál sería su sorpresa al llegar a casa y escuchar las palabras del padre decir: "Eso no se hace y váyase a dormir". Desde ese momento Pedro supo que las relaciones con su padre Libardo irían a peor y que alguien que se había llevado su inocencia pararía en la cárcel por un tiempo.


esta historia continuará...

Mientras tanto sigamos disfrutando de la vida, momento a momento

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